Un tema que me pareció recurrente y extraño en torno a un
nuevo bebé en casa fue el del color de los ojos. Casi toda la población
nacional tenemos ojos cafés oscuros. ¿Por qué insistir en que la nueva
criatura los tendrá azules, verdes o "aunque sea grises"?
Se rascan la nuca buscando un abuelito, una tía, un hermano
de un padrino o lo que sea que esté emparentado y por lo que más quiera
haga la gracia de derramar algo de su melanina de color claro en el
iris del recién llegado.
Si uno dice que hay que
recordar que el color se estabiliza hacia la semana número... Ya no lo
dejan a uno acabar de explicar y seguir de pesado aguafiestas. "Ay,
oyes! ¡Qué tal que se le quedan así como grisecitos! ¿A poco no te daría
harto gusto?"
Persiste un velado racismo disfrazado de inocente
aspiracionismo al llamado "mejoramiento de la raza", otro sobado
disfraz, que quiere ser jocoso, para el negado racismo interno que vive
entre nosotros.
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