Mi pequeña tiene 14 meses de vida extrauterina.
Para el tiempo adulto podría ser poco pero en las personas recién llegadas, la
trasformación es total. Sin lugar a dudas, los primeros meses de vida son los
de mayor aprendizaje. Yoli, como todo ser humano, ha pasado por diversos
momentos pero evidentemente hay rasgos de comportamiento que la definen. Es una
niña observadora. Si algo o alguien atrapa su atención lo escudriña hasta descubrir cómo funciona o cómo reacciona, parece que intenta ver las intenciones detrás de las acciones. Los analiza a profundidad. Y actúa solo después de que está segura de lo que va a encontrar, aunque esta actitud no disminuye su espíritu explorador. A los adultos en general, los observa sin pestañear siquiera. No les sonríe ni les hace caras, en ese sentido, no es complaciente. Si no le generan simpatía, simplemente no recibirán respuesta alguna. No importa cuanto le hablen o que tan dulces sean. La mayoría termina diciendo “qué niña tan seria”. Yo creo que es una niña observadora y cauta. Dueña de sí, no sonríe por complacer, no lo hace si algo en el exterior no le parece gracioso. Quizá como resultado de su capacidad para observar, Yoli va directo a los detalles. Puede ocupar gran tiempo manipulando cosas que para los demás carecen de importancia o, simplemente, pasan desapercibidos. Un gran cojín es cosa mundana, el hilo que por alguna razón no está en su lugar, es el que llama su atención y al que dedica toda su fuerza exploradora. ¿De dónde viene?, ¿Por qué esta fuera de lugar?, ¿Habrá manera de colocarlo nuevamente donde estaba?; son algunas de las preguntas que parece hacerse. Quizá por ese rasgo de su personalidad, desarrollo la habilidad de usar sus manos y dedos con soltura. La famosa pinza la aplica para casi todo lo que hace.
Los niños de su edad no le llaman la atención,
lo cual es normal en este momento. Su mundo lo constituyen los adultos. Sin
embargo, cuando ve a niños de 6 u 8 años, ella se desborda. Se emociona, más si
los ve correr, les busca la mirada, quiere llamar su atención. Algo similar
ocurre cuando ve a viejos. No viejas, viejos que bien pudieran ser sus
“abuelitos”. A ellos sí les sonríe. Los saluda.
Desde muy pequeña, unos 5 meses, comenzó a
“bailar”. Nomás pudo sentarse con soltura y su cuerpo se movía con cualquier
ritmo. Desde el sonar del celular, el pianito, los ruidos de la calle, todo la hacia
mover la cabeza e inclinar su cuerpo al mismo ritmo. Prácticamente desde los 8
o 9 meses se pone en pie. Nos comenzó a sorprender por las mañanas, muy
agarradita del corral. Fue perfeccionando su “estar de pie” casi al mismo
tiempo que su gateo. Recorrer la casa en cuatro puntos le hacía sonreír. No fue
una niña de llanto nocturno. De hecho difícilmente despierta llorando, por el
contrario, antes de cumplir el año era muy común que nos despertara con una
sonrisa. Es una niña noble. No se queja a menos de que algo realmente le
moleste. En los últimos tiempos se enoja cuando algo no le sale. Supongo que es
algo de frustración. Si quiere tapar un recipiente y la tapa le juega una mala
pasada, se enoja. Quiere abrir algo y su habilidad aún no se lo permite, se
molesta. Y lo manifiesta con gruñidos y uno que otro grito. Pero no lo
abandona, en ese sentido es tenaz y persistente. Puede llevarle un rato y cada
vez que no puede, se molesta pero no lo deja. Cuando siente que ha intentado suficiente sin obtener los
resultados deseados, entonces busca ayuda. Es determinada. También es conciente
de sus logros, los reconoce y los
aplaude. Literalmente se aplaude cada vez que logra algo. Como todos los peques
de esa edad, disfruta lanzar al suelo cuanta cosa llega a sus manos. A
escondidas se lleva el papel a la boca, pero sabe que no lo debe hacer, cuando
logro verla y levanto mi dedo índice para decir no, ella disimula y hace como
si no supiera de qué se trata. Es increíblemente inteligente.
Llegó al año de edad y comenzó a hacer cosas
por imitación. Ve y escucha la canción del “gallito amarillito” e
inmediatamente pone su dedo índice sobre la palma de su mano. Ve un labial, lo
destapa y se lo lleva a la boca. Sin mucha orientación previa, tomó la cuchara
y logró comer con ella. Claro dos o tres cucharadas y luego se pone a jugar.
Entonces entra la mano de mamá o papá para orientar la cuchara hasta la boca.
Es independiente y autónoma. Quiere comer por sí misma, le encanta tomar el
alimento con las manos. Lo aplasta, lo exprime, lo prueba, lo escupe, lo vuelve
a tomar, lo traga, lo avienta. Al final, la comida queda por todos lados,
incluido su estomago.
La comida ha sido un asunto complicado. El
problema inició cuando regresé al trabajo. Simplemente se negó a comer, tenía
casi cinco meses. Luego, cuando casi se regularizaba, entró a la guardería.
Nuevamente, se negó a comer. Los cambios de ese tipo no le sentaron bien. Tardó
un poco en acostumbrarse y adaptarse a su nueva realidad. Como pasaron unos
meses y no ganaba peso, acudimos con el especialista. Al parecer tiene un
ligero desajuste en su metabolismo. Lo cual no sólo le inhibía el apetito sino
que le impedía a su cuerpo retener los nutrientes necesarios para su
crecimiento. Sin saber lo anterior, obligamos a Yoli a comer. Le insistíamos
hasta el hartazgo. Nos sentíamos tensos y preocupados. La hora de la comida se
convirtió en un martirio para todos y todo por la presión que nos generaba su
bajo peso. Y porqué no decirlo, la presión de los demás. Luego leímos Mi hijo no me come de Carlos González, sentimos
alivio y decidimos no obligarla más. Dejar que coma lo que quiera y necesite.
No más presión. Su cuerpo es sabio y sabe lo que requiere. Yoli, inteligente,
había desplegado varias estrategias para negarse a comer, desde decir
simplemente no con la cabeza, meter las manos, cerrar la boca, voltearse, hasta
sacar la comida. Las señales eran claras, pero la angustia de los padres no les
permitía hacer caso y dejar de insistir. Nuestra actitud como adultos cambió.
La de ella también. Ya no se niega a comer de manera rotunda. Le ofrecemos la
comida y toma lo que le apetece. En general, creo que todos hacemos eso, no se
porqué los adultos nos aferramos a que los niños hagan cosas que nosotros no
estamos dispuestos a hacer.
Ya identifica varias partes de su cuerpo,
aunque la única que señala con singular alegría es la nariz, ayuda a ponerse y
quitarse la ropa. Señala su oreja cuando escucha a lo lejos algún ruido como un
helicóptero, una ambulancia o un perro. De hecho ya dice “guau” cada vez que ve
alguno, ya sea real o de peluche. También ofrece la mano para saludar en cuanto
escucha “Pin Pon dame la mano con un fuerte apretón…”. Abre la boca como
jadeando cuando quiere agua. Se mira al espejo con atención, se sonríe y si
provocamos un cambio en su aspecto, se queda como petrificada analizando el
cambio. Marca su territorio, quita mi mano si acaso le estorba. Es obediente.
Imita el cepillado de dientes y de cabello. Habla con sus manos haciendo
diferentes tipos de voz, como si fueran personajes. Apenas ayer comenzó a
torcer los ojos cada vez que se lo solicitas. Se ve tan curiosa. Pestañea pero
luego los voltea. Parece que disfruta de su nueva habilidad. Le encanta
experimentar su cuerpo. Desde que se soltó a caminar ensaya su equilibrio,
primero con las manos arriba como si fuera un monstruo tratando de sorprender a
alguien. Luego las baja y deja fijas junto a su cuerpo meneándose con ritmo
como si dijera “esto es lo más sencillo del mundo”. Ya cuando siente dominada
la situación las mueve como si aleteara.
En
los últimos días, expresa su molestia poniéndose muy seria. Su expresión cambia
radicalmente, parece una persona mayor. Pero si le sonríes, inmediatamente
cambia su carita. Supongo que es parte de sus ensayos. También ha comenzado a
lanzar manazos, lo cual me parece extraño pues ni su papá ni yo lo hacemos. No
quiero pensar que en la guardería lo hacen. Tal vez algún compañerito se
expresa de esa manera, ya la han mordido dos veces. O quizá, solo lo hace para
decir “estoy molesta”. Como sea, le hemos insistido en que eso no se hace.
Veremos como reacciona.
Febrero